Perspectivas del orbe  viajando en bicicleta.

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Transcantábrica 2020. Día 3. Liérganes – Selaya

Arrancamos en Liérganes en un día soleado y caluroso, que invita a la práctica del ciclismo. Sin ser agobiante, la combinación de las altas temperaturas y la humedad fruto de la cercanía del mar hacen de esta mañana de jueves un momento privilegiado para darle a los pedales.

La localidad que es hoy punto de partida y en la que hemos pasado la noche, enclavada prácticamente en el nivel del mar, es una bella e interesante villa, considerada como uno de los pueblos más bonitos de España. El nombre del emplazamiento tiene que ver con el río Miera, por cuyas aguas es bañado. Etimológicamente, responde a “lugar junto al río”, esto es, Lie erga annes. El primer documento en el que es citado data del año 816. En el siglo XVII el lugar alcanzó una gran pujanza económica, debido a que por aquel entonces aquí se ubicó la primera Real Fábrica de Artillería conocida en España, que dio al municipio una gran prosperidad, algunos de cuyos vestigios perduran en las casonas nobles y los palacios indianos de factura barroca y neoclásica que decoran su centro histórico. Por las calles de su casco antiguo, que bien conservan el acervo de su reciente pasado como puede advertirse en su arquitectura tradicional, se desprende el aroma de otros tiempos, en los que felizmente los edificios y las construcciones no despegaban demasiado del suelo, todo lo más los campanarios de los templos, en torno a los cuales se articulaba el espacio urbano, acompasado y mimetizado con el entorno. Como se ha dicho, tiempos pasados. Uno de los reclamos de la población es su balneario de aguas sulfurosas, cuyas bondades son conocidas desde antaño para la cura del reumatismo, de patologías de las vías respiratorias, así como para problemas cutáneos y estomacales. Pero si por algo es conocido Liérganes es por su célebre y mítico hombre pez, personaje emblemático estrechamente ligado a la memoria popular del municipio. Curiosa es su historia. Cuenta la leyenda que allá por la segunda mitad del siglo XVII, un adolescente oriundo del lugar que gustaba de pasar largas horas nadando en el río, desapareció un buen día, en una víspera de San Juan, llevado por la corriente cuando se zambullía como de costumbre en el curso del mismo. Conocidas entre sus paisanos y amigos eran su agilidad y brío como nadador, dado su proverbial amor por las aguas. Dicen que apareció cinco años después en la bahía de Cádiz, donde fue atrapado por las redes de unos pescadores, tras habérsele visto igualmente en las costas de Dinamarca y el canal de la Mancha tiempo antes, si nos atenemos a lo que narra la tradición. Desde aquella ciudad del sur de la península fundada por navegantes fenicios siglos atrás, fue acompañado hasta la población en la que nos hallamos por un fraile franciscano, tras haber balbuceado nuestro protagonista la palabra “Liérganes” como primer y prácticamente único vocablo salido de su boca tras días de reclusión en un convento, donde fue llevado en un principio para ser exorcizado. Al parecer, cuando llegó de regreso junto al religioso, este extraño y singular hombre, que presentaba un cuerpo poblado de escamas según contaban los que le vieron, conservaba el recuerdo del lugar vivo en su memoria, y recorriendo las calles del pueblo llegó hasta la casa que le vio nacer, donde fue rápidamente reconocido por su madre y hermanos. Cuentan que allí vivó tranquilo, sin mostrar interés ni entusiasmo por nada, y sin hablar apenas. Iba frecuentemente descalzo y a veces desnudo, y podía estar varios días sin comer. Conservaba su inclinación a sumergirse en el líquido elemento y al parecer, tras nueve años, despareció en el mar, ya para siempre. Junto al cauce del río y bajo el conocido como puente romano, si bien éste data del siglo XVI, una estatua de bronce y una placa en su honor recuerdan a este particular Tritón cántabro.

Tras un delicioso desayuno a las afueras de la localidad, donde sin encontrar un lugar más adecuado para tal menester, dejamos a la burrita apoyada en un muro junto a la carretera para montar nuestro picnic, ponemos rumbo hacia el interior y comenzamos la etapa. Por delante nos espera, prácticamente al inicio del itinerario, el primer puerto serio del viaje, con todos los respetos para los altos ascendidos en el día de ayer. El portillo de la Lunada se presenta como la principal dificultad del recorrido, vaticinamos que para poco más dará la jornada, dado lo prolongado de la ascensión, que se extiende por espacio de unos veinte kilómetros -se dice pronto-, y que a buen seguro nos llevará un ratejo. Si acaso, nos atreveremos con el alto del Caracol si nos queda tiempo suficiente, una vez finiquitado el objetivo del día, para terminar en Selaya o alrededores, desde donde mañana continuar camino hacia tierras pasiegas. Depende de cómo vaya desarrollándose todo.

Así pues, tras unos primeros kilómetros eminentemente llanos, que no llegan a la decena y que nos sirven como introducción para entrar en calor y coger ritmo, afrontamos las primeras estribaciones del portillo, recién pasado el desvío para Miera. Un primer bloque de tres kilómetros al término de los cuales viene un pequeño tramo de falso llano y liviana bajada sirve de preámbulo al grueso de la ascensión, incluyendo algunas rampas al 9 y 10% que nos obligan a emplearnos a fondo, poniéndonos a tono y dejándonos al pie del siguiente trecho ascendente ya bien empapaditos en sudor. Atravesamos Ajanedo y San Roque de Ríomiera, donde paramos a rellenar los bidones, tras lo cual se llega en breve al cruce en el cual se bifurca la carretera que lleva a Selaya por el alto del Caracol, y donde podría decirse que comienza el puerto sensu stricto. Catorce kilómetros distan desde aquí hasta la cumbre, y llevamos ya la sensación de llevar un buen trote. Aunque sin rampas agresivas, el calor y el transcurso del tiempo cuesta arriba van haciendo mella.

El valle del Miera, por donde discurre la carretera remontando su curso, es el más angosto de las tierras cántabras, y culmina en el macizo en el que se alza dominante el pico de Castro Valnera, que desde su atalaya a 1700 metros de altitud custodia el entorno y preside todo el ascenso. La primera parte de esta larga subida, dejada ya atrás, se desarrolla por zona boscosa, en la que la arboleda ofrece protección frente a los incisivos rayos de sol, pero llegados a este punto, a partir del mencionado cruce, el panorama comienza a abrirse a medida que van sumándose los kilómetros, desvelándose la magnitud del entorno y la belleza de los paisajes, que van ganando majestuosidad conforme nos aproximamos al último tercio del puerto. Es ahora cuando aparecen desnudos los montes circundantes, tan solo cubiertos por un aterciopelado manto de pradera alpina por donde va abriéndose camino el asfalto, dando al paraje un cariz que tanto recuerda, salvando las distancias y como bien nos lo adelantó un buen amigo conocedor de la zona, a otros bien célebres y de distinguido pedigrí, como puedan ser los del col del Tourmalet, o del mismísimo Galibier. En cuanto a los porcentajes, no son éstos destacables por su inclinación, manteniéndose constantes en torno al 6-7 % durante la mayor parte de la escalada, si bien la fisonomía del piso aporta un plus de dureza a esta joya nórdica. Es sobre todo a partir de los últimos diez o doce kilómetros cuando éste se hace botoso e irregular, estrechándose la calzada y adquiriendo, por tanto, el status de carretera de montaña en toda regla, pese a que no nos hallemos a demasiada altura. Ese es el encanto y la grandeza de las cumbres que nos rodean, que sin ser altas en relación a las que se diseminan a lo largo de otras cordilleras, conservan eso sí la esencia, el porte y el sabor característico de las tierras verticales. A medida que se avanza por las lomas del macizo que sirve de marco a esta vertiente norte del portillo puede avistarse todo el discurrir de la serpenteante vía que como hilo de Ariadna conduce hacia el centro de este singular laberinto enclavado en lo alto. Es portentoso este lugar, la intensidad va in crescendo conforme se gana altura, descubriéndose panorámicas increíbles a medida que la carretera va despegando más y más, entre curva y contracurva, apareciendo al paso diversos balcones desde donde poder asomarse para contemplar y dar cuenta de las maravillas que brinda este privilegiado y espectacular rincón. Uno puede asombrarse desde el mirador de Covalruyo, ya cerca de la cima, y pellizcarse si quiere para comprobar que no está soñando, que el arrobo en el que se ve sumergido no es fruto de una experiencia onírica, si bien este tesoro de la geografía es digno de ensueño. Grata sorpresa la de la Lunada, nos lo advirtieron, pero ya se sabe, solo cuando se prueba la manzana se puede saber a qué sabe. En breve y tras pasar el mencionado mirador se alcanza la cima, tras los dos o tres kilómetros finales, que si bien ya pesan en las piernas no hacen sino poner la guinda a esta delicia de puerto, que se corona a 1350 metros de altitud, haciendo de límite con la provincia de Burgos. Dos horas largas nos ha llevado la ascensión, nos estamos ganando la cena. Del otro lado del alto, las vistas del extremo norte de la comarca de las Merindades nos devuelven a las estampas castellanas. La vertiente sur cuya parte final se avista desde el emplazamiento recién alcanzado no resulta tan espectacular, no por ello dejando de ser, no obstante, tan digna como la que acabamos de completar. En la cima se observa igualmente cómo desde aquí parte una carretera que sigue subiendo por la montaña, sirviendo de apéndice al portillo, y que culmina unos metros más arriba, en lo alto de una colina en la que se yergue un puesto militar de observación y control aéreo. No conocíamos este apetecible postre que se ofrece al término de la subida, una pena no haberlo sabido de antemano para poder haberlo planificado en el desarrollo de la ruta. Pese a que nos encantaría acometer estos kilómetros finales, se nos va de tiempo, que luego se nos hecha la hora y aún queda camino. Otra vez será, esperemos. Más tarde, consultando información descubriríamos que este pequeño colofón a la Lunada se trata de la ascensión al Picón del Fraile, enclavado a 1614 metros sobre el nivel del mar, donde se ubica la mencionada base de vigilancia, a la que se llega tras cubrir cuatro kilómetros y medio, salpicados de algunas rampas de entidad, al 10 y 12 %. Llegar hasta arriba desde casi el nivel del Cantábrico hubiera sido toda una experiencia a la altura de los grandes puertos alpinos o pirenaicos, pero lo dicho, para la lista de tareas pendientes.

Damos media vuelta y bajamos por donde hemos subido. Una delicia el descenso, largo, en el que dejarse llevar por el efecto de la gravedad, disfrutando del magno paisaje, ahora contemplado desde otra perspectiva, la que ofrece el sentido inverso a la marcha que traíamos. Tras un buen rato, pues no escatimamos en hacer varias paradas para tomar fotos, llegamos de nuevo al cruce que lleva a Selaya, donde hacemos una parada para reponer fuerzas. Salvo un par de chocolatinas, no hemos comido nada desde que empezamos, y necesitamos gasolina. El cuerpo nos pide alimento sólido y contundente para lo que nos queda de etapa, que si bien no es mucho, incluye eso sí el alto del Caracol, que justo desde aquí se inicia. Echamos un buen rato en la merienda. Tras mover el bigote, y bien abrigados, pues nos habíamos quedado fríos después de tanto tiempo parados, arrancamos de nuevo y encaramos las primeras rampas de este segundo y último puerto del día. Completamente entumecidos y pese a las calorías ingeridas, nos cuesta, y mucho, que la caldera coja temperatura y el motor vuelva a ponerse a tono. Hacemos buena parte de la subida al ralentí, haciendo honor al nombre de la ascensión por la que nos aventuramos. Con la casa a cuestas y a una velocidad de vértigo, solo nos faltan las antenas. Son cinco los kilómetros a lo largo de los cuales se prolonga la subida por esta su cara este, con una pendiente media en torno al 7 %, y un desnivel salvado de casi 400 metros, para coronar la cima a 815 sobre el nivel del mar. Conforme vamos ganado terreno ganamos igualmente calor, y nos vamos desprendiendo de capas de ropa. Los últimos dos kilómetros los hacemos por fin con cierto desahogo, somos persona otra vez, abandonada ya la condición de gasterópodo; la subida nos ha transformado. Coronamos este alto del Caracol cuando la tarde entra en su fase final, con el sol presto a ocultarse tras las montañas y el cielo tintado de naranja purpúreo. Bonita la estampa final del ascenso, curioso y singular el paisaje.

Diez kilómetros de bajada hasta Selaya, localidad a la que arribamos para hacer noche tras un bello descenso en el que se goza de muy bonitos paisajes. Montes romos se divisan al frente, aquellos que constituyen esta porción de la comarca pasiega por la que transitamos, toda una delicia. Queda a la derecha, en la ladera de la montaña, una ermita con una curiosa historia. Cuenta la leyenda que, en tiempos remotos, allá cuando los visigodos, los oriundos del lugar vieron descender a caballo a tres jinetes procedentes de las tierras altas. Aquellos forasteros se pararon en un bosque cercano, donde enterraron bajo un árbol algo metido entre paños, tras lo cual marcharon raudos por donde habían venido. Se dice que tal objeto sepultado en subsuelo era una imagen de la Virgen, y cuentan que pasados los años ésta se le apareció en ese mismo emplazamiento a un humilde pastor, rodeada de ángeles y divinas presencias. Y que pidió a aquel campesino que allí se le erigiera un templo, y para indicar con precisión el lugar, hizo brotar una fuente de la que desde entonces mana un agua con propiedades curativas y milagrosas. En efecto, con el tiempo se levantó en tal curioso sitio la iglesia de Nuestra Señora de Valvanuz, la virgen milagrosa de los pasiegos. Data del siglo XVI, si bien se construyó parece ser sobre una edificación previa del XII, cuando quizás cristalizó el relato. Es célebre entre los cántabros, y conserva en torno suyo toda una tradición de peregrinaciones de devotos en pos de sus milagros y bendiciones, siendo de gran fama y renombre la romería que todos los años a mediados de agosto tiene lugar en su honor. Siguiendo con nuestra historia, casi consumada la totalidad del descenso y poco antes de terminar el trayecto, un último kilómetro de falso llano pone la puntilla y duele en los más profundo, exprimiendo a las fatigadas piernas, que apuran sus últimas contracciones, deseosas del postrero reposo. Llegamos al fin a Selaya con las últimas luces, rozando el anochecer. Compras y búsqueda de techo, los trámites pertinentes y necesarios al final del día. Mañana, otro más.

Recorrido y perfil de la ruta.

Altimetría Portillo de la Lunada.

Altimetría Alto del Caracol.

 

 

 

 

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