Perspectivas del orbe  viajando en bicicleta.

Transcantabrica-2020-Dia-4-Portada (Pequeño)

TRANSCANTÁBRICA 2020. Día 4. Selaya – Alceda

Nuevo día y nueva etapa, hoy comenzamos en Selaya, donde hemos pasado la noche. Un pequeño y acogedor municipio situado a medio camino entre las tierras bajas cercanas a la costa y las altas, enclavadas en las montañas. Estas últimas son hacia las que nos dirigiremos.

El día de hoy transcurrirá, y el camino discurrirá, por las tierras altas pasiegas. Nos adentraremos en un territorio en el cual se circunscribe un área cultural de singular idiosincrasia y raigambre ancestral, un pedazo del orbe en el que se atomizó, en virtud de sus condicionamientos orográficos, un modo particular de relacionarse con el entorno, un peculiar estilo en el binomio hombre-naturaleza que devino en una característica tradición cultural de pastores y campesinos trashumantes.

Arrancamos pasado el mediodía, tras hacer el desayuno a las afueras de la localidad punto de partida, apoyados en los muros de una casona que nos ampara de los recios rayos de sol, que con contundente fuerza caen a estas horas. El día es caluroso y despejado, ideal para pedalear.

Recién abandonado Selaya, comienza la primera dificultad del día, el puerto de la Braguía, que acometemos “a balón parado”, como suele decirse en el argot. Ocho son sus kilómetros de ascenso por esta vertiente norte que transitamos, dando cuenta de la hermosura del valle de Carriedo, en el cual se enmarca, abriéndose paso entre verdes praderas y romas colinas, y ganando metros poco a poco en el plano vertical. La luminosidad de las horas centrales de la jornada y la claridad de la misma hacen que se perciba diáfanamente el contraste entre el los vivos tonos verdes del terreno y el azul del cielo, impoluto y sin nubes. Da gusto pedalear en estas tesituras. El sudor no tarda en salir a borbotones, brotando con facilidad fruto de la alta temperatura. En cuanto a la dificultad de la subida, decir que se trata de un puerto asequible, presentando unas pendientes en torno al 6 % a lo largo de prácticamente todo su desarrollo, si acaso con algún pico al 8 %. En cuanto a la fisionomía de la vía, ésta presenta un asfalto liso y una calzada ancha, lo que redunda en una escalada sin grandes complicaciones, y que culmina a 720 metros sobre el nivel del mar. Rápida y bella bajada hacia Vega de Pas, por la cual se experimenta un cambio notable en el paisaje, una vez coronado el alto. Se tiene la sensación de adentrarse en un microcosmos, nos hallamos ya sí en el corazón de la comarca en la que se desarrolla la presente etapa, tierra de sobaos y de quesadas. En siete kilómetros y tras negociar algunas reviradas curvas que engalanan el descenso, se llega a Vega de Pas, capital del valle que toma su nombre del río que lo horada, y que es una de las tres principales villas pasiegas, junto a San Roque de Río Miera, visitada ayer y San Pedro del Acebal, por la que posiblemente también pasemos en el día de hoy.

Este apartado enclave de la montaña cántabra, como comentábamos, tiene una toda una historia de vida trashumante, herencia de generaciones y generaciones de pastores que año tras año, ciclo tras ciclo, desarrollaron su modus vivendi por estas alturas. Lugares éstos que atesoran, cual testigo mudo, siglos de secretos, de vidas anónimas, las del acontecer de un recio pueblo curtido por la dureza del entorno, por el que ya pululaba desde el alto medievo. Tierras escarpadas, de inclinadas laderas, en las que se desarrolló su idiosincrásica forma de conducirse por el terruño, conocida como la muda, y que consistía básicamente en un desplazamiento itinerante de las familias con sus ganados a lo largo de las zonas de pasto con el devenir del año. El lugar de residencia no era pues, algo fijo, resultando un proceder seminómada en cuanto a los patrones de poblamiento. Cada familia tenía varias cabañas diseminadas por el territorio, y en cada una de ellas pasaban un período del año, hasta cuando la escasez de los prados les obligaba de nuevo a trasladarse. Tal condicionamiento ecológico hizo de los pasiegos gente de sencillos hábitos y escasas pertenencias. Sus mencionadas viviendas, las célebres cabañas pasiegas, eran a la vez habitáculo para humanos y animales, mitad vivienda, mitad establo. El calor de las bestias, ubicadas en la planta baja, proporcionaba un medio de calefacción natural lejos de lo habitual en los tiempos presentes. Hoy este modo de vida a penas perdura, habiéndose disuelto su discreta naturaleza en el fragor del llamado progreso de los tiempos modernos, que con su voraz y homogeneizador modelo económico al servicio de la industria y la esquilmación de la materia, lejos de toda consideración de cuidado y conservación de los orígenes, pasa su brutal rodillo por la diversidad de paisajes del planeta, dejando a su paso una humanidad huérfana de sus señas de identidad, una miríada de pueblos amputados de su esencia vital, un mundo que se ve abocado a transigir al unísono los dictados de una barbarie que lo que trae no es sino la globalización del terror y la degeneración. Ya se sabe, cada vez más niños piensan que la leche se fabrica en el supermercado…Y hablando de leche, éste ha sido uno de los pilares de la alimentación y de la economía de los pobladores de esta región. Por tal razón la vaca puede considerarse su animal totémico, el pivote en torno al cual se organizaba gran parte de la vida. No obstante, y pese a lo que pueda parecer, tal importante papel de tan digno animal en el acervo de este pueblo pastor es un hecho reciente, pues fue a raíz de la introducción en la zona de la vaca frisona de origen holandés en el s. XIX cuando la proverbial función de las reses lecheras en la economía y la cultura de los pasiegos tuvo su origen. Antes de ello, y por tanto, durante la mayor parte de la historia de esta tradición ganadera, fueron las cabras y las ovejas básicamente las que tuvieron el protagonismo en la vida de estas esforzadas gentes.

Hacemos un alto en el camino en Vega para surtirnos de agua y llenar los bidones, pues nos aguarda ipso facto el acometimiento de la segunda dificultad del día, el puerto de las Estacas de Trueba. Un oriundo del lugar nos cuenta a cerca del mismo que el camino que surca la montaña en pos del alto del mencionado portillo lo hizo un burro, curioso ingeniero de caminos…

El puerto comienza tendido, con un suave prolegómeno para lo que será una ascensión que podría catalogarse como de coloso cántabro, merced a sus cifras: catorce kilómetros de subida para llegar hasta los 1150 metros de altitud, salvando un desnivel de unos ochocientos metros, algo que no se puede decir de muchos de los pasos de montaña que se diseminan por estas latitudes. La dureza de sus pendientes no es excesiva, manteniendo las rampas en su mayor parte una cándida inclinación en torno al 6 %, lo que hace agradable y llevadero el camino, hecho que se ve refrendado por un liso y confortable asfalto de reciente remodelación, para la desgracia de los románticos. La carretera no es muy ancha, eso sí, sobre todo conforme se acerca a la cima, lo cual es una señal de atractivo de toda carretera de montaña y algo de agradecer para quien ama y busca la belleza. En su primera parte la vía surca la ladera, yendo paralela al curso del río Yera, que queda a la derecha, y remontando la vertiente suroeste del macizo de Valnera, por cuya otra faz nos aventuramos en el día de ayer camino de la Lunada. Tras los primeros kilómetros se alcanza la aldea cuyo nombre bautiza al curso fluvial, que constituye el eje en torno al cual discurre la subida. No lejos de aquí, desviándose de la trayectoria por la que continuamos, se encuentra la abandonada estación de un tren que nunca fue, un proyecto a medio terminar, un sueño en su día de una monumental obra de ingeniería que se difuminó en la evanescencia del tiempo. Junto a dicha terminal fantasma se encuentra la boca del llamado túnel de la Engaña, que recibe dicho nombre del monte cuyo vientre horadó allá por tiempos franquistas, cuando tras la Guerra Civil el gobierno central del caudillo trazó un plan ferroviario que pretendía unir el mar Cantábrico con el levante de la península llegando al Mediterráneo, lo que implicaba en esta parte del hipotético trazado, con inicio en Santander, la apertura de un túnel para que la vía cruzara a tierras castellanas. El túnel se construyó en parte con la mano de obra, el sudor y el padecimiento de reclusos procedentes del bando vencido, cuyo penoso esfuerzo a lo largo de casi veinte años fructificó en 1959 en el que por entonces fue el túnel más largo de España, con casi siete kilómetros de longitud. Como se decía, por cuestiones de rentabilidad del plan inicial, el faraónico proyecto de unir con fierros ambos mares quedó en la estacada, y el túnel cayó en desuso, si bien de manera clandestina fue transitado durante años por los camiones de mercancías cuando el puerto del Escudo quedaba cerrado por las nieves. No obstante, este trasiego furtivo por sus entrañas cesó definitivamente cuando un desplome en el mismo selló su paso en el último año del pasado siglo.

Tras primera la parte, se entra en la zona de curvas del puerto, donde la carretera va ofreciendo bellísimas panorámicas y miradores desde los que contemplar con deleite los paisajes aterciopelados que ofrece el entorno, de praderas alpinas y ralas laderas, de montes casi desnudos, que inducen una sensación de imponente y austera majestad, acrecentando el ascenso su interés en esta su segunda mitad y sobre todo en la parte final, cuando la senda se retuerce en un festival de tornantis que a modo de recovecos serpenteantes y golpes de curva y contracurva llevan el asfalto hasta la cumbre, donde se halla el límite con la provincia de Burgos, y más concretamente con la comarca de Trueba, de la que el puerto recién coronado toma en parte su nombre. 1150 metros de altitud, como se dijo, desde los cuales lanzarse raudos cuesta abajo, gozando de un prolongadísimo descenso, en el que explayar la experiencia, ahora en sentido inverso, para volver al núcleo del valle de Pas y continuar haciendo camino.

Volvemos pues a Vega de nuevo, pasada la primera hora de la tarde, y hacemos un alto en la localidad para hacer un buen tentempié que restituya en parte lo gastado y nos dé un poco de fuelle para terminar la etapa, lo que, en vista del tiempo del que disponemos hasta que se apague la luz, nos da todavía chance para intentar el asalto al tercer puerto del día, el alto de la Matanela, cuyas retorcidas y estrechas carreteras en el mapa sembraron el anhelo de conocerlo cuando planificábamos todo esto. Si bien no era una prioridad, no queríamos pasarlo por alto, y felizmente parece que al final, llegado el momento, vamos a poder dar cuenta de sus encantos y desvelar sus misterios. A las afueras de la población hacemos la parada para la merienda, junto a un parque en el que encontramos a un lugareño que nos da las buenas tardes. Acude ahora que suaviza el impacto de los rayos de sol y el calor del día para jugar al tradicional juego de bolos pasiego. Llama la atención como a estas alturas del siglo XXI, metidos ya en el tercer milenio, perduran tradiciones como éstas, que se mantienen vivas y operativas, en tanto gentes como el hombre del que hablamos hacen de ellas parte de sus costumbres y pasatiempos cotidianos, no quedando relegadas solamente a determinadas festividades o pintorescas celebraciones folclóricas en las que periódicamente el pasado se reverdece por momentos, lo cual no obstante ya es bastante para cómo pinta la cosa. Al hilo del mencionado juego de bolos, hacer mención de otro de los juegos típicos de estos moradores de la montaña, el llamado salto pasiego, una suerte de salto con pértiga que tiene su origen parece ser en la práctica necesidad para la vida de aquellos hombres en el pasado de pasar de una finca a otra, salvando los cercos de piedras que lindaban las mismas, así como de sortear hoyos, arroyos u otros escollos en los accidentados y abruptos terrenos en los que desarrollaban su vida, para lo cual adquirieron tal pericia y técnica de propulsión. Se servían para ello del impulso que les brindaba una vara recta de avellano, llamada palu o palancu, según el viejo dialecto cántabro, cuya flexible madera resultaba óptima para tal desempeño, y que al mismo tiempo no perdía resistencia ni dureza, merced a un cuidado y largo proceso de elaboración artesanal.

Tras la parada retomamos la ruta y continuamos paralelos al curso del río Pas, valle abajo en dirección a la bifurcación que a mano izquierda se abre en dirección a San Pedro del Romeral, tercera de las tres principales villas pasiegas como se dijo líneas atrás, y al mencionado alto de la Matanela. Se nota el fresquito proporcionado por la cercanía del curso del río y de la umbría fruto de la arboleda por la que discurre el asfalto, amén del avance de la tarde con su consiguiente descenso de la temperatura. En breve llegamos a la mencionada encrucijada, tomamos así el camino y enfilamos el nuevo ascenso.

Comenzamos pues, una larga subida que iniciándose cerca de los 300 metros de altitud llega hasta los 1000, a lo largo de diecisiete kilómetros en los que la pendiente se mantiene constante en su primera mitad en torno al 4-5 % para bajar al 3-4 % en la segunda. Rampas más que asequibles, por tanto, pero con el tute que llevamos a estas alturas del día, la dureza de las mismas aumenta sin duda. Empezamos con calma, a sabiendas de que no nos dará tiempo para llegar a la cima, y conforme avanzan los minutos notamos cómo el cuerpo va ganando calor y el pedaleo se va haciendo más desahogado. Aunque no coronemos, gozaremos de lo que podamos arrascar. Los primeros kilómetros van más metidos en zonas frondosas y de bosque, para con el transcurso del camino abrirse el paisaje y poder contemplarse amplias zonas abiertas en los que la vista descansa en el verdor predominante, que empieza a ser teñido por los reflejos anaranjados de la luz solar, que anuncian la caída de la tarde. Poco tiempo para apurar esta postrera ascensión. Llegamos hasta San Pedro del Romeral tras nueve kilómetros de subida y encontrándonos con un golpe de pedal más que solvente, decidimos bifurcarnos por una pequeña y por momentos escarpada pista asfaltada que sale de la población, abandonando la senda del puerto al que definitivamente renunciamos, para dirigirnos hasta un pico, el alto de la Cruz, en el que se encuentra un recóndito mirador desde el cual somos testigos del esplendor de un crepúsculo que quedará hondamente grabado en nuestra retina. Ha merecido sin duda el sacrificio de la parte final de la Matanela, que no se presentaba tan atractiva como este sabroso apéndice recién improvisado.

Sin tiempo que perder, pues hemos apurado mucho como de costumbre, volvemos veloces cuesta abajo por donde hemos venido, disfrutamos de un descenso en el que compendiamos de nuevo el festival de impresiones que nos había ofrecido este camino de la Matanela, ahora de regreso al punto de partida en el que lo iniciamos. En un rato llegamos de nuevo al enlace con la carretera que sale del valle del Pas para entroncar con la nacional que une Cantabria con Castilla y León por el puerto del Escudo, el cual nos espera mañana, pero eso será otra historia. Nos despedimos pues de este pequeño mundo en el que ha discurrido este monográfico por el país de los pasiegos. En dirección al final del trayecto, damos los últimos coletazos del día, con una luz cada vez más angosta y unas fuerzas cada vez exiguas, camino de Alceda, donde ponemos punto y final a esta dura y larga jornada, candidata a etapa reina, que ha resultado a la postre en más de seis horas netas de pedaleo, y en un considerable desnivel acumulado, habida cuenta de los fardos que acarreamos. Por la noche, ya en la cama, el dolor de piernas era manifiesto, cansados pero felices nos rendimos al sueño. Mañana, otro más.

Recorrido y perfil de la ruta.

Altimetría puerto de la Braguía.

Altimetría puerto de las Estacas de Trueba.

Altimetría puerto de la Matanela.

 

 

 

 

 

 

 

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