Perspectivas del orbe  viajando en bicicleta.

Transcantabrica-2020-Dia-5-Escudo-20 (Mediana) (Pequeño)

Transcantábrica 2020. Día 5. Alceda -Reinosa

Hoy salimos de Alceda, tras un reparador sueño en la posada en la que pasamos la noche, situada en el margen de la carretera nacional que atraviesa la localidad. Esa misma carretera será la que tomaremos para iniciar nuestra ruta del día en dirección al sur, pero no sin antes pararnos en algún rincón de la población a hacer nuestro potente desayuno de rigor. Apartados en la tranquilidad de la parte posterior de uno de sus edificios, y con el verde paisaje que ofrece el entorno al frente, gozamos de la maravillosa experiencia de llenar los depósitos cuando estos realmente lo requieren. Grande es el placer cuando se come con hambre, experiencia por cierto bastante menos habitual de lo que sería natural y deseable; hoy en día se come casi por rito y no tanto cuando el cuerpo lo pide. Ciertamente, la de ayer fue una jornada que hizo mella en nuestras reservas, y una copiosa y suculenta cena no fue suficiente para paliar los requerimientos de tal maratoniana expedición, máxime cuando hoy continuamos con la travesía y tenemos que seguir dando el do de pecho. El día es caluroso de veras, con un sol de justicia que preside en lo alto un cielo límpido e impoluto.

Hecha pues la puesta a punto en lo que a acopio de fuerzas de se refiere, levamos anclas y partimos con nuestra nave rumbo a lo alto de la cordillera de nuevo, esta vez dirigiéndonos al puerto del Escudo, todo un clásico de estas tierras y un desafío en toda regla, a tenor de lo escarpado de su ascenso por la vertiente por la que lo acometeremos. Pendientes que cuando se consultan las altimetrías nos aperciben del rigor de lo que se nos viene encima, hoy apretaremos los dientes.

Dejamos Alceda y damos las primeras pedaladas, como se mencionó, por la carretera nacional que une Torrelavega con Burgos. Suerte que cuando comenzamos a trotar el reloj apunta a las horas centrales del día, con lo cual el tráfico no es muy concurrido, sin apenas vehículos, pese a tratarse de una de las arterias principales que unen Cantabria con la meseta. Hablando de nacionales, pues ya se sabe, no se trata precisamente de una bucólica senda ésta por la que nos aventuramos, pero en la vida no todo es poesía. El asfalto se yergue, si bien muy tenue y lánguidamente, durante los ocho primeros kilómetros de nuestra andanza, los cuales cubrimos a ritmo pausado por el cansancio acumulado, que pesa en las piernas, para posicionarnos al cabo de un rato al pie del duro escollo que nos aguarda. Alcanzamos la minúscula localidad de El Pando y la primera rampa que custodia el paso es todo un aviso a navegantes, una advertencia para los imprudentes y temerarios. Una recta con un pico al 12 % imprime una sensación de dureza y severidad que se clava en lo más hondo, de hecho clavados ya marchamos, y esto no ha hecho más que comenzar. De aquí en adelante nos espera un duro y singular combate con este rocoso baluarte de la geografía cántabra, toda una remada cuesta arriba en la que los chepazos serán la tónica predominante en nuestro particular paso doble camino de la cumbre. Siete son los kilómetros de subida por esta cara norte, dificultosa como ella sola, fiera de afiladas garras. Una media cercana al 9 % es toda una carta de presentación para los entendidos. Para los que no, baste decir que el espinazo se retuerce en constante tensión a babor y estribor para pasar el trago, que el lomo se dobla a base de bien para salvar el trecho, y que el sudor no para de caer a borbotones, más en un día como el de hoy, caluroso como pocos a estas alturas del estío. El hecho de que la trayectoria de la carretera sea eminentemente recta hace de la ascensión una experiencia más agónica si cabe, un vía crucis exento de curvas u otros accidentes reseñables en los que distraerse un poco. Tal monotonía en el trazado acrecienta la dureza de su inclinación, toda una prueba para la mente, no solo para el cuerpo. Tras los tres primeros kilómetros aproximadamente, dejada atrás la aldea de Bollacín, y después de una rampa infernal, se alcanza el único descanso prácticamente que ofrece la subida, apenas unos exiguos metros de llano en los que recuperar el resuello, mientras se dice “Madre…”, por lo ya acarreado. No dura nada el interludio, y en seguida estamos de nuevo poco menos que reptando por el asfalto, en el que podría freírse un huevo a estas horas, dicho sea de paso. Se nos va a quedar buen tipo después de semejante depuración de líquidos…Salvado un trecho de poco más de mil metros se llega a otra minúscula porción del camino en la que el piso brinda un atisbo de clemencia tornándose próximo a la horizontal, para no obstante erguirse con mayor fuerza si cabe en el kilómetro que sigue a continuación, a una media del 11’5 % y con tropezones de hasta el 15 con los que no es difícil atragantarse. Inmerso en el fragor del embate, cuando uno se quiere dar cuenta ya está en el último tramo de esta tremenda ascensión, que se hace más liviano, con un 7’5 % de media que sabe a bajada. Con dicha atenuación rematamos un poco más resueltos en nuestro esfuerzo este duro empeño y alcanzamos, por fin, la cumbre. Sudada de órdago la que ha implicado la arribada a este puerto fronterizo entre dos mundos, el del verde y húmedo norte y el de la seca y amarillenta meseta, cuyas primeras señales se atisban en el horizonte.

Un paisano nos comentó ayer acerca del origen de este recio collado, y de las particularidades e intríngulis que entrañó su diseño y construcción. Parece ser, según el relato de nuestro informante, que el oficial que se encargó de la delineación del trazado era por entonces el amante de la propietaria de gran parte de los terrenos por los que debía discurrir el proyecto. Y que, por lo visto, el rectilíneo curso en el que resultó la carretera, con la consiguiente inclinación de la misma para salvar la pendiente, responde a la intención de este ingeniero de caminos por no invadir con intrusivas curvas las propiedades de su querida. Curiosa anécdota, simpático hallazgo el saber que líos de faldas y cuentos de alcoba son los que están detrás de la dureza de este peculiar hito de la cordillera cántabra.

Hay aquí cerca, en lo alto del Escudo y próximo al umbral que constituye su cima, una pirámide otrora levantada en honor de los caídos en una de tantas contiendas producidas por el odio entre los hombres. A escasos metros puede avistarse dicha construcción, erigida como mausoleo para albergar los restos de 384 legionarios fascistas fallecidos en combate durante la Guerra Civil española. Se le conoce como la pirámide de los italianos, levantada sobre suelo que se mantiene desde entonces, parece ser, en propiedad del gobierno transalpino. El monumento funerario, mole de hormigón de veinte metros de altura, hoy abandonado y en ruinas, presenta una puerta orientada hacia el sol naciente y adintelada por una estructura en forma de M mayúscula en homenaje al artífice del proyecto, un tal Benito Mussolini. Se dice que es una réplica, pero a menor escala, de la pirámide de Cestia, la cual data del año 12 a.C. y que se alza junto a la vía Ostiense de Roma. Volviendo a este poliédrico camposanto, decir que fue construido con dinero italiano y la mano de obra de prisioneros del bando republicano, y que se terminó de construir al final del conflicto en 1939. En el verano del 36, recién comenzada la guerra, el mencionado dictador del país de la bota, conocido como “Il Duce”, envío 30000 soldados para ayudar al bando franquista, apoyado asimismo con tropas, armamento y dinero procedente de la Alemania nazi. Los enterrados en el lugar que nos ocupa perdieron la vida en la ofensiva de Santander en 1937. Años más tarde, tuvo lugar un funesto suceso que a la postre marcaría el devenir de esta conmemorativa y solitaria necrópolis. En mayo de 1971 un autobús con familiares de los difuntos que venían a visitar el lugar como cada año hacían, tuvo un fatídico accidente en una de las pocas curvas de que jalonan el puerto, cuando el conductor del mismo perdió el control debido a la peligrosidad de la vía. Doce de los pasajeros perdieron la vida, y a raíz de aquello y para evitar sucesivos riesgos como los que entrañaban un peligroso viaje por este tipo de carreteras, el gobierno de aquel país decidió exhumar los cuerpos y repatriarlos de vuelta al lugar que los vio nacer, salvo algunos cuyos restos fueron depositados en un osario en Zaragoza, donde desde entonces reposan. Esta es la triste historia de este triste lugar, levantado bajo el signo de Marte, triste, como siempre.

La bajada del Escudo por su vertiente castellana es corta y se hace rápido. En breve llegamos al desvío por el que se bifurca la carretera que lleva a Reinosa, el cual tomamos. A partir de aquí pedaleamos por terreno llano con algún que otro repecho, a la vera del embalse del Ebro, que queda a nuestra izquierda. El tramo recién acometido no es de una fisonomía muy atractiva, en comparación al festín deparado por alguna de las carreterucas de tierras pasiegas por las que transitamos en los días previos. La calzada es ancha y de buen piso, y discurre por un espacio abierto sin demasiados accidentes. Habíamos pensado en bordear el pantano por su lado sur, ruta seguramente más atractiva a tenor de las curvadas comarcales que se dibujaban en nuestro mapa, pero el estado de energías después del envite del Escudo nos ha dejado tocados, haciéndonos optar por esta vía rápida de acceso a Reinosa. Distan hasta allí veintitantos kilómetros, y al menos que tengamos un súbito y poco probable resurgimiento, en dicha localidad podremos fin a la etapa y buscaremos techo. En efecto, caminamos mermados, el vacío se hace patente y la sensación de hambre y agotamiento rebasa el umbral que hace que se encienda el piloto rojo, paramos a merendar. En la población de La Población, valga la redundancia, hacemos el alto en el camino. A la orilla del artificial lago y con el frescor de una brisa que mitiga por momentos el rigor de los calores imperantes, hincamos el diente con gran felicidad. Descansamos con la panorámica de las calmas aguas, dejándonos inundar por la sensación de sosiego que nos inducen. El embalse en el que se posa nuestra mirada fue inaugurado en 1952. Es uno de los más extensos de España y recoge las aguas procedentes de la cordillera Cantábrica, procediendo la mayor parte su aporte hídrico del deshielo de las de las nieves invernales. Su creación supuso el anegamiento de una fértil vega por la que se diseminaban una serie de modestos pueblos, los cuales fueron inundados, algunos de ellos totalmente, siendo reconstruidos los otros de manera parcial en las orillas. El proceso de expropiación fue realizado con gran secretismo por parte del gobierno franquista, y las indemnizaciones a los afectados llegaron con décadas de retraso, siendo en la mayor parte de los casos poco menos que irrisorias para la desgracia de aquellas gentes, tras haber perdido sus casas y su lugar raíz. Junto a sus hogares se malograron igualmente casi todas las tierras de labor, que quedaron también sepultadas bajo el agua, viniéndose abajo el sustento económico de miles de familias, y produciéndose por ello un gran éxodo de la población de la zona. Consecuencias del modelo industrial en lo económico, motor de una civilización que pervierte el equilibrio ecológico y ahoga lo humano, que no se nos olvide.

Tras la merendola somos otros, retomamos la marcha renovados en nuestra performance, pero sin tirar cohetes. Hay fatigas y fatigas, unas son debidas a la depleción de los depósitos y otras acusan etiología más compleja; responden éstas últimas al embotamiento del sistema, no siendo ya solo cuestión de combustible. Dicho en un lenguaje más prosaico y como se suele escuchar por asfaltos y caminos, seguimos con una notable “tostada” pese al haber parado a repostar. Nos duelen las piernas y caminamos sin chispa, hoy necesitaremos un buen descanso nocturno.

Sin prisa pero sin pausa, disfrutando del trayecto, vamos acercándonos al punto en el que daremos por concluida la jornada. Cerca ya de Reinosa el paisaje se vuelve de un tono más verdoso, aparecen extensas zonas de pradera en las que pasta el ganado. Las romas colinas que custodian el espacio aledaño por el que discurre la carretera, de cierta fisionomía aterciopelada y sin vegetación arbórea, dan al lugar un cariz que nos evoca el de otros remotos paisajes del orbe. Por un momento la imaginación vuela y vemos en estos parajes el trasunto de los de las lejanas estepas mongolas, con sus desérticas extensiones de tupidos mantos verdes que visten a su vez montes de dulces y redondeados contornos. Quizás exageremos, pero es nuestra impresión. Quién sabe si nos llegan brisas de aquellas tierras o si estas ensoñaciones son fruto de la torrija a la que hacíamos mención líneas atrás, puede que las dos cosas sean ciertas. Los rayos de sol caen cada vez más oblicuos, presto el astro rey a esconderse tras las montañas. La estampa es hermosa, y todo cuanto abarca la mirada es potenciado por la intensidad de un baño de luz que confiere un sabor inefable al momento. Nos paramos en la cuneta junto a un grupo de caballos que reposan al pie del camino. Símbolo de libertad donde los haya, la presencia de estos corceles no hace sino acrecentar el fulgor de la escena. Ya se esté en Mongolia, en Cantabria o en la China, se goza siempre de una experiencia privilegiada cuando el marco de lo salvaje y prístino absorbe al que contempla.

Reemprendemos la marcha y acometemos los últimos kilómetros de la etapa. Llegamos a nuestro destino cuando son cerca de las ocho de la tarde. Cruzamos la localidad adentrándonos por su casco histórico, el cual presenta un muy agradable ambiente en esta tarde de sábado. El centro de la ciudad rezuma alegría, vida y color. Damos alguna que otra vuelta por sus calles buscando alojamiento hasta que al fin damos con la pensión en la que pasaremos la noche. Salvado este primer trámite, una rápida pasada por el supermercado para proveernos de material para cena y desayuno, y finalizamos los deberes. Ahora solo relajarnos, una agradable ducha, un sosegado paseo ya en esta noche de verano, y una buena cena con la que sellamos este quinto día de aventura. Mañana más, nos vamos a dormir.

 

Recorrido y perfil de la ruta.

Altimetría puerto del Escudo.

 

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