Perspectivas del orbe  viajando en bicicleta.

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Transcantábrica 2020. Día 6. Reinosa – Quintanilla

En el nuevo día partimos de Reinosa, capital de la comarca de Campoo y una de las cuatro localidades cántabras que reciben el nombre de “ciudad”. Los orígenes históricos de este neurálgico lugar hunden sus raíces allá por el año 1000, ni más ni menos, de cuando data el documento más antiguo que hace mención al mismo, por entonces una aldea de nombre “Renosa”. Paramos a tomar un café cerca de su plaza central, que en una mañana de soleado domingo como la de hoy presenta bastante movimiento, como es de esperar. Justo al lado de donde nos encontramos se ubicaba una casa hoy derruida -de la que solo se conserva la fachada-, llamada de las princesas, en la que en otros tiempos tuvo a bien hospedarse por unas noches una pareja de alta alcurnia. Y es que hasta aquí llegó en 1497 el príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos y único vástago varón de aquellos, acompañado de su padre Fernando, para encontrarse con la que fuera su prometida, Margarita de Austria. El futuro matrimonio se alojó entre los muros de este derribado edificio, cuyo emplazamiento y como curiosidad, todo hay que decirlo, se barajó recientemente como candidato a servir de base para la construcción de una franquicia de una conocida multinacional de comida rápida. Qué destino tan poco elegante hubiese sido para los restos de las alcobas que fueron testigo de tan insigne encuentro el verse impregnadas siglos después del cutre y revenido olor a pollo frito; casi que mejor que terminaran sus días abocadas a escombros…

Igualmente, otro ilustre personaje de sangre azul dejóse caer por aquestos sitios centurias atrás, no otro que el mismísimo Carlos V, el cual arribó a la población si bien no por un feliz motivo, sino aquejado de una enfermedad que le obligó a permanecer nueve días en la misma, cuando en 1517 viajaba por primera vez a la península desde su Flandes natal.

No lejos de Reinosa pueden visitarse las ruinas de la ciudad romana de Julióbriga y el mejor conservado de todos los edificios románicos de Cantabria, la colegiata de San Pedro de Cervatos. De la primera, fundada hacia el 14 a.C. tras el final de las guerras cántabras, ya se hicieron eco en sus compendiosas obras dos ilustres literatos de tiempos pasados como Plinio el Viejo o Claudio Ptolomeo. Las fuentes escritas de la época, pese a ser escasas, resaltan su importancia en la Península, como bastión y foco de romanización de una de las zonas más refractarias, hostiles y resistentes al conquistador foráneo. Del segundo, monumento medieval terminado de construir en 1199 como refrenda la inscripción en un bloque del exterior del templo, decir que destaca por las piezas escultóricas de su entrada y por las pícaras y traviesas decoraciones de los capiteles, de marcado y explícito tinte erótico e incluso lascivo. Curiosa simbología para un lugar de tan elevada sacralidad, misteriosos y arcanos significados los del arte que quedó esculpido en sus piedras…

En las afueras de la localidad paramos junto al estadio municipal a desayunar, acto seguido de lo cual levamos anclas definitivamente de cara a la nueva etapa que nos aguarda en esta nuestra singladura norteña.

Al poco de comenzar, pedaleando por terreno llano y con las vistas al frente del macizo de Alto Campoo coronado por el pico Tres Mares llegamos a Fontibre, donde tradicionalmente se sitúa el nacimiento del río Ebro, el segundo más largo de la península, e igualmente el segundo más largo de los que desembocan en el mar Mediterráneo, tan solo superado por el Nilo. Volviendo a nuestra península y siguiendo el curso del río cuyas fuentes nos ocupan, resalta la curiosidad de que el nombre de ésta procede de éste. Del antiguo topónimo de origen latino Hiber (hiberus flumen -esto es, río Ebro-), a su vez una adaptación del más antiguo término griego iber (ribera) deriva Iberia, que bautizaría a nuestra querida tierra, así como a sus antiguos habitantes, los denominados íberos. Un antiguo dicho cántabro que revela la otrora pertenencia de tal región a Castilla la Vieja reza “Ebro traidor que naces en Castilla y riegas Aragón”, en su día reinos competidores. En este lugar de Fontibre (Fontes Hiberis) brota el manantial que dará lugar al caudaloso río, y lo hace del interior de una pequeña y remota gruta situada en lo profundo de un espeso fresnedo. El lugar por lo que cuentan es mágico, aunque confesamos que no paramos a comprobarlo, el tiempo apremia y debemos continuar camino. En poco alcanzamos la localidad de Espinilla, encrucijada en la cual tomamos mano derecha para continuar nuestra ruta. De los otros dos ramales, uno conduce a la estación de esqui de Alto Campoo y el otro continua hacia Brañosera, el municipio más antiguo de España, como informa un cartel indicador. En efecto, tal longevo ayuntamiento, ya en tierras palentinas, data del año 824, cuando se le concedió tal estatuto, formando por entonces parte del Reino de Asturias, primera entidad política cristiana establecida en la península tras el ocaso visigodo con la llegada de los musulmanes. Siguiendo con nuestra senda, en apenas tres kilómetros tras coger el mencionado desvío llegamos a las estribaciones de la primera dificultad del día, el puerto de Palombera, iniciando sus cuatro kilómetros de ascenso por esta su vertiente sur, corta y de una dificultad media, manteniéndose la pendiente en torno al 7 % en casi todo su desarrollo. Particularmente se nos hace más dura de lo que augurábamos, ya se sabe, el cuerpo cada día está de una manera, y a veces a uno se le atraviesa la cosa…Alcanzamos la cima adentrándonos así en el parque natural Saja-Besaya. Las vistas son hermosas desde lo alto, y volvemos a dar cuenta de nuevo, tras este punto de inflexión, de la constante de las tierras cántabras, con sus verdes parajes, ya sea en forma de pastos o de frondosos bosques. Ambas formaciones están presentes en el recorrido de la vertiente norte del puerto, que comenzamos a descender. En la primera parte tras alcanzar la cumbre son las praderas las protagonistas, zonas donde el ganado pasta en estas fases estivales del ciclo anual. A poco de coronar, prácticamente tras rebasar la cima, una pista se abre a mano izquierda, conducente al collado de Sejos, al que no se llega por asfalto. Es una bonita ruta por lo que cuentan, y cerca de allí puede visitarse un importante conjunto megalítico, el más importante de Cantabria, compuesto de menhires, túmulos y círculos de piedras, los llamados cromlech. Se ha estimado que la formación puede tener unos cuatro mil quinientos años de antigüedad, perteneciendo a un horizonte cultural a caballo entre finales del Calcolítico y comienzos de la edad del Bronce.

A cuatro kilómetros del alto y tras dos respecto a la histórica venta de Tajahierro, por cuyo nombre también se conoce al puerto, se encuentra el mirador de la Cardosa, con amplias y bellas vistas de todo el entorno del parque natural, la sierra del Escudo y el valle de Cabuérniga, al cual nos encaminamos. En el balcón, situado a 1000 metros de altura, destaca la escultura de un corzo, animal emblemático y típico de estos parajes, miembro de la fauna autóctona, de la cual también forman parte animales tan variados como como ciervos, jabalíes, lobos, rebecos, diversas rapaces y algún despistado oso pardo en forma ocasional. El descenso prosigue internándose el asfalto por espesos bosques de hayas, lo que redunda en un tránsito en el que la umbría es la tónica predominante, colándose los rayos de luz de manera tenue e iluminando de soslayo esta maravilla de galería vegetal. La bajada es larga, de unos dieciséis kilómetros, y da para recrearse en una jornada como la de hoy de clima benigno. Poco después, pasada la pequeña localidad de Saja, se alcanza una bifurcación a mano derecha que conduce a Bárcena Mayor, población de gran patrimonio artístico-histórico, y que constituye una de las mejores representaciones de la arquitectura popular montañesa. El trayecto hasta allí promete no poco, pero nosotros continuamos de frente siguiendo el valle por el que venimos, y en unos siete kilómetros llegamos a Cabuérniga, de donde arranca la segunda dificultad del día, el collado de Carmona. Cinco son sus kilómetros por esta vertiente este que acometemos, con unas pendientes que se mantienen constantes en torno al 7-8 %, no tratándose de una tachuela, por tanto. La subida nos hace sudar y la disfrutamos, el asfalto es bueno y las vistas acrecientan su belleza y magnitud conforme se acerca la cima, la cual se alcanza a 611 metros de altitud, y desde la cual se descubren espectaculares panorámicas de la otra cara del alto, de gran amplitud y singular belleza, viéndose coronadas al fondo por la majestuosa silueta que dibujan en el luminoso y diáfano cielo del atardecer las escarpadas cumbres de los Picos de Europa, cuya portentosa estampa preside la escena. La altura de las más altas de aquellas llega o incluso supera los 2500 metros, por lo que puede hacerse una idea, dado el desnivel existente, de la impresión que supone el verlos súbitamente tan de cerca. La conciencia experimenta un vuelco fruto del asombro suscitado por el nuevo horizonte, y un sentimiento de reverencia y arrobo se apodera del viajero. Las montañas son mágicas, y cuando se avistan ciertos emplazamientos algo sucede en el interior…El descenso por esta cara oeste del collado es toda una delicia, y desemboca al cabo de unos siete kilómetros en la localidad que lo bautiza y le da nombre. Carmona es una pequeña población declarada de valor histórico-artístico, donde bien vale la pena una parada. La carretera sigue, y en poco se llega a Puentenansa, que debe su nombre al puente erigido sobre el río Nansa, que atraviesa esta localidad cruce de caminos, encrucijada en la que confluyen diversas rutas desde los respectivos puntos cardinales. Por el este se viene de Cabuérniga, por el oeste se continua hacia la Liébana, hacia el sur se abre la ruta que remontando el valle del río llevará hasta la meseta una vez atravesado Piedrasluengas, y la que va hacia el septentrión conduce hasta la costa para encontrarse con el ancho mar. No lejos de aquí se ubica en dirección a este último la cueva de El Soplao, considerada de particular idiosincrasia, incluso a nivel mundial, dada la cantidad y la calidad de las formaciones geológicas que alberga en sus veinte kilómetros de longitud total -se dice pronto-, algunas de ellas de gran rareza.

Barajamos la posibilidad de buscar techo y pasar aquí la noche, pero el intento resulta en vano, con lo que seguimos hacia el oeste para encontrarnos con la atractiva y apetecible dupla de puertos constituida por la collada de Ozalba y de Hoz, situadas como jalones del vetusto Camino Lebaniego que por ellas discurre, y las cuales figuraban desde un principio en nuestra agenda como indispensables en la travesía. De las mismas calles de Puentenansa arranca la primera de ellas, seis kilómetros de longitud con pendientes estables en torno al 7 % para internarse en los dominios de sierra de la Collada, de cuya rocosa factura puede darse cuenta conforme se alcanza el alto mirando a estribor. Se penetra entonces en un privilegiado paraje, y es tras coronar y a lo largo del corto descenso de unos cinco kilómetros cuando se tiene la sensación de internarse en una suerte de mundo aparte, de hallarse ante un pequeño paraíso enclavado entre montañas, como constituye este recóndito rincón de la geografía cántabra, el valle de Lamasón. Tiene algo de especial este reducto, todo un microcosmos con personalidad propia. Al término del descenso se alcanza la pequeña localidad de Quintanilla, idílico pueblecito en el que finalmente encontramos alojamiento. Queda todavía algo de tiempo hasta que anochezca, no demasiado, pero sí el suficiente para acometer el ascenso de la segunda collada, la que sella por el otro flanco este lugar de cuento. Acometemos la collada de Hoz pues, con la intención de llegar hasta su cima y cumplir así con nuestra hoja de ruta, para después dar media vuelta y volver abajo a hacer noche. El puerto, de unos siete kilómetros de recorrido por esta vertiente que comienza en Sobrelapeña, poco después de dejar Quintanilla, presenta en cuanto a la pendiente más irregularidad en su distribución. Los primeros tres son más livianos, entre el 3 y el 6 %, tras los cuales se llega a la aldea altomedieval de Lafuente, reliquia cultural dominada por la iglesia románica de Santa Juliana, de finales del s. XII, con su bonito pórtico junto al que pasa el asfalto. Es a partir de aquí donde se entra en la segunda parte del puerto, de mayor dificultad, con un kilómetro al 10 %, tras el cual la inclinación de las rampas se mantiene en torno al 7 % hasta prácticamente la cima. Pero cifras aparte, son sobre todo las vistas que ofrece la ascensión, entre otras las del imponente macizo calcáreo de Arria, lo que engalana a este bonito collado, que se corona a 658 metros sobre el nivel del mar, unos 100 más que el anterior, su hermano pequeño podría decirse, ambos custodios del lugar. Como se decía, en efecto, al llegar arriba la luz comienza a ser exigua, habiendo ocultado el astro rey su figura hace ya rato, por lo que no tenemos tiempo que perder en emprender el descenso por el mismo lado por el que hemos subido. De la otra cara, la que se precipita hacia el desfiladero de la Hermida, esperamos dar cuenta en un par de días cuando hasta tal célebre angostura lleguemos desde Potes, donde esperamos arribar mañana tras pasar el alto de Piedrasluengas. Ahora, de momento, gozamos de la rápida bajada deleitándonos con la fragancia y la paz del lugar, mientras el aire raudo nos acaricia la piel y contemplamos cómo la penumbra del ocaso se cierne sobre las laderas circundantes, inundando el valle con la llegada de la noche. Llegamos a Quintanilla justo cuando esta comienza sus horas, felices y embriagados por este final de etapa, que a la postre ha redundado en alrededor de cinco horas de pedaleo neto, no está mal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Perfil y ruta de la etapa.

Altimetría Puerto de Palombera.

Altimetría Collada de Carmona.

Altimetría Collada de Ozalba.

Altimetría Collada de Hoz.

 

 

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